Allí almorzaban cada uno en su lugar. En esa época no había
restaurantes y si se comía algo afuera del hogar era en la plaza central y al
paso. Por ejemplo, alguna empanada de carne. Pero de tamaño más
chico que las que se consumen en la actualidad. Empanadas para comer con la
mano y en un solo bocado.
Pero hubo una excepción. Fue el 10 de julio de 1816, el día siguiente a la histórica gesta en
la que se declaró la Independencia. Allí sí hubo una larga mesada, decenas de
asistentes y hasta amores entre trago y trago.
“La gran excepción, fue el 10 de julio, porque se hizo un gran banquete
en la casa histórica. Ahí participaron todos con mesas de comedia y
con buenas bebidas”, explicó el autor del libro La comida en la historia argentina.
Otros, en cambio, conocieron en ese clima festivo y entre copa y copa que conocieron a sus parejas.
Tal es el caso de José Mariano Serrano —quien sería luego presidente de la Asamblea General del Alto Perú que declaró la Independencia de Bolivia en 1826— quien conoció allí a la que iba a ser su pareja, Solanita Cainzo.
El menú, fue bien nacional: “Lo que más se
consumían eran guisos. Todo tipo de guisos. Y en general el condimento principal era la carne.
Porque la carne nos sobraba. Podíamos exportar la grasa, el cuero, pero no
tenía mucho valor comercial la carne porque no se podía vender al exterior”.




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