“El
renombre de que Borges gozó durante su vida, documentado por un cúmulo de
monografías y de polémicas, no deja de asombrarnos ahora. Nos consta que el
primer asombrado fue él y que siempre temió que lo declararan un impostor o un
chapucero o una singular mezcla de ambos”.
Así
dice la entrada dedicada a Jorge Luis
Borges en una Enciclopedia Sudamericana fechada en 2074. Con ironía, erratas y
anacronismo, la redactó, por supuesto, el mismo Borges, un siglo antes de su
todavía posible publicación. A 40 años de la muerte del autor de Ficciones y El Aleph, ocurrida el 14 de junio de 1986, aquel temor —si
es que alguna vez existió, si no fue pura impostura o tímida modestia o una
mezcla de ambas— podría declararse abolido.
El
paso del tiempo ha encumbrado aún más su figura y su obra, una y otra han
crecido y se han enriquecido: Borges está desde hace rato entre los mayores
autores de la literatura universal y detenta sin disputa el trono del gran escritor
argentino.
No
siempre fue así, al menos en su país. De hecho, hasta su muerte, cuando tenía 86 años y residía en Ginebra, una
parte importante de sus compatriotas, en especial de la comunidad cultural, se
resistía a aceptar el lugar que ya ocupaban sus cuentos, poemas y ensayos, en
buena medida porque rechazaba su imaginario conservador y “extranjerizante”, el
perfil construido por Borges en sus entrevistas y otras intervenciones
públicas.
“Borges
vivo era un enemigo con el cual polemizar, un adversario al que refutar. Borges
muerto se convierte en un escritor a conquistar”, en un aliado a cortejar desde
todo el espectro político y cultural, sintetizó el investigador y doctor en
letras Lucas Adur, en uno de los múltiples homenajes al autor que se están
realizando en Argentina, en este caso organizado por la Asociación
Argentina de Hispanistas (AAH). Para Adur, ese cambio en la
consideración de Borges se terminó de verificar en 1999, en el centenario de su nacimiento, cuando se produjo
“una suerte de consagración ecuménica”.
El
40º aniversario de la muerte de Borges es recordado en Argentina desde las
últimas semanas con diversas actividades culturales: homenajes, cursos,
debates, espectáculos y exposiciones que continuarán hasta fin de mes.
En
Buenos Aires, Borges. Ecos
de un nombre se denomina la convocatoria que tiene sede en el Centro
Cultural Recoleta, coorganizada con la Fundación Internacional Jorge Luis
Borges, donde se exhiben manuscritos, objetos personales, primeras ediciones de
sus libros, fotografías, un holograma que reproduce su fraseo y una recreación
de la austera habitación en la que vivió casi toda su vida.
En la Biblioteca
Nacional Mariano Moreno habrá durante los próximos días una serie de charlas y
lecturas dedicadas al autor de El hacedor, al igual que durante este fin de semana en la Casa del
Bicentenario, entre muchas otras opciones.
Lo
que hizo Borges con la lengua española, añadió Gamerro, fue “algo totalmente
novedoso y fundante” y con esa herramienta construyó “un lugar de centralidad
literaria”. Dándose el lujo de prescindir del género mayor de la época, la
novela. “Si uno piensa en la literatura mundial como un edificio”, agregó,
“Borges es uno de los pilares y, si sacamos a Borges, se cae la literatura
mundial. De ningún otro autor argentino, y no sé si latinoamericano, puede
decirse algo así”.
Acaso
a Borges no le habrían disgustado las mutaciones que han experimentado, y
siguen experimentando, su obra y su propia figura a través del tiempo. En
aquella nota biográfica sobre él mismo que escribió en 1974 para una improbable
enciclopedia futura, contó que le complacía una frase de Thomas Carlyle: “La
historia universal es un texto que estamos obligados a leer y a escribir
incesantemente y en el cual también nos escriben”.
El General Quiroga va en coche al muere
Poema de J.L. Borges-
El
madrejón desnudo ya sin una sed de agua
y
la luna perdida en el frío del alba
y
el campo muerto de hambre, pobre como una araña.
El
coche se hamacaba rezongando la altura;
un
galerón enfático, enorme, funerario.
Cuatro
tapaos con pinta de muerte en la negrura
arrastraban
seis miedos y un valor desvelado.
Junto
a los postillones jineteaba un moreno.
Ir
en coche a la muerte ¡qué cosa más oronda!
El
general Quiroga quiso entrar en la sombra
llevando
seis o siete degollados de escolta.
Esa
cordobesada bochinchera y ladina
(meditaba
Quiroga) ¿qué ha de poder con mi alma?
Aquí
estoy afianzado y metido en la vida
como
la estaca pampa bien metida en la pampa.
Yo,
que he sobrevivido a millares de tardes
y
cuyo nombre pone retemblor en las lanzas,
no
he de soltar la vida por estos pedregales.
¿Muere
acaso el pampero, se mueren las espadas?
Pero
al brillar el día sobre Barranca Yaco
sables
a filo y punta merodearon sobre él;
muerte
de mala muerte se lo llevó al riojano
y
una de puñaladas lo mentó a Juan Manuel.
Ya
muerto, ya de pie, ya inmortal, ya fantasma,
se
presentó al infierno que Dios le había marcado,
Lagos
y ríos y a sus órdenes iban, rotas y desangradas,
las
ánimas en pena de hombres y de caballos.




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