EVOLUCIÓN HISTÓRICA: La uva criolla
argentina no "nació" en un momento específico, sino que se originó y adaptó
en Argentina a partir de cepas traídas por los españoles en el siglo XVI, evolucionando localmente por cruces naturales y
selección, convirtiéndose en variedades autóctonas con más de 400 años de
historia local, como la Criolla Chica y Grande, fundamentales para el vino
argentino desde la época colonial hasta la actualidad.
“Un paso fundamental del
proyecto es la evaluación sensorial de los vinos experimentales,
elaborados en la bodega del INTA. De las variedades en estudio, 11 son
blancas, 4 tintas y 5 rosadas, una diversidad que anticipa nuevas
oportunidades productivas y comerciales para el sector”
Tras 15 años
de investigación, el INTA Mendoza consolidó una colección única de variedades
criollas y avanza en la elaboración de vinos con identidad propia, junto a
productores y elaboradores.
Luego de más de una década y
media de trabajo sostenido, especialistas del INTA Mendoza lograron consolidar una colección inédita en el país de uvas criollas, integrada por 70 variedades diferentes y sus parentales, rescatadas de viñedos dispersos en distintas regiones
vitivinícolas. El objetivo central es claro: revalorizar este patrimonio genético local y demostrar su potencial para la elaboración de vinos
con identidad, calidad y valor enológico renovado.
En ese marco, el equipo del
INTA avanza actualmente en la caracterización integral de 20 variedades
criollas que demostraron mayor aptitud para la vinificación. El
trabajo abarca desde aspectos agronómicos hasta análisis químicos y
sensoriales, con el fin de generar información sólida que permita ampliar la
oferta vitivinícola nacional.
"Elegimos las 20 variedades que mostraron mayor potencial y
las estudiamos en todas sus dimensiones: fenología, componentes del rendimiento
y composición química de la uva y del vino, incluyendo compuestos aromáticos y
fenoles", explicó Santiago Sari, investigador del INTA
Mendoza. Según detalló, este abordaje integral resulta clave para comprender el
aporte real de las criollas en la elaboración de vinos diferenciales.
Un paso fundamental del
proyecto es la evaluación sensorial de los vinos experimentales,
elaborados en la bodega del INTA. De las variedades en estudio, 11 son
blancas, 4 tintas y 5 rosadas, una diversidad que anticipa nuevas
oportunidades productivas y comerciales para el sector.
A este trabajo se sumó recientemente un convenio con
CREA, que permitió multiplicar e implantar cuatro variedades -andina,
anís, balsamina y criolla chica-. Durante el último año se realizó la
primera cosecha y vinificación de este material. "Los productores pudieron
comprobar que los vinos alcanzan buenos niveles de calidad, lo que confirma la
importancia de volver a mirar las cepas históricas", señaló Sari.
El incremento en el volumen de uva proveniente de estas parcelas
también posibilita ensayar distintas alternativas de vinificación,
tanto en blancos como en tintos, acelerando la generación de evidencia técnica
para productores y bodegas interesadas en diversificar su oferta.
En paralelo, el INTA Mendoza acompaña la conformación de
una asociación de productores y elaboradores de variedades criollas,
una iniciativa que busca darle mayor impulso y visibilidad a este
segmento. Jorge Prieto, investigador del INTA, destacó el
entusiasmo del grupo: "Estamos en la etapa final. Son más de diez
productores que decidieron organizarse y a quienes acompañamos en la
elaboración del estatuto y el reglamento. Incluso ya participaron activamente
en la organización del V Encuentro de Vinos y Variedades Criollas y la I Feria
de Vinos de Criollas".
Con ciencia, territorio y trabajo conjunto, las uvas criollas
comienzan a recuperar protagonismo y a posicionarse como una alternativa
con identidad propia dentro del mapa vitivinícola argentino.


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