Tijereta (Tyrannus savana). Es un pájaro notable por su larguísima cola compuesta por seis pares
de plumas, siendo las más largas las laterales, que son las que le dan la forma
característica. El plumaje, de la cabeza y el lomo, es negro, mientras que el de la garganta, el pecho y el vientre, es blanco plateado. Las plumas de la cabeza, en su parte más inferior, donde se insertan a la piel, tienen una coloración amarilla que únicamente llega a verse
cuando las eriza, lo que no sucede con frecuencia.
La tijereta es un
pájaro notable por su larguísima cola compuesta por seis pares de plumas, siendo las más
largas las laterales, que son las que le dan la forma característica. El
plumaje, de la cabeza y
el lomo, es negro, mientras que el de la garganta, el pecho y el vientre, es
blanco plateado. Las plumas de la cabeza, en su parte más inferior, donde se
insertan a la piel, tienen una coloración amarilla que únicamente llega a verse
cuando las eriza, lo que no sucede con frecuencia. El nido de la tijereta
es circular, hecho con hojas secas y muchas veces con flores de cardo.
Su vuelo, realzado
por la larga cola que mueve con gracia, es sostenido, sereno y muy elegante. Se
alimenta de gusanos, granos, frutas y
algunos vegetales.
Tiene muchas características parecidas a la golondrina.
Como esta ave,
llega en primavera,
para buscar en invierno los
climas templados. Los guaraníes la llaman jhuguay-yetapá (jhuguay: cola;
yetapá: tijera).
Posa en sitios
visibles como alambrados, ramas o cardos, observa a los insectos y sale a
capturarlos. Es muy agresiva con otras especies e, incluso,
con aves de
mayor tamaño, como caranchos y chimangos, a los que persigue y ataca con
insistencia. Nidifica en nuestro país y
migra al norte en la época invernal. A menudo en parejas.
Común. Sin graves
problemas, ya que se adecua a la presencia del hombre, utilizando incluso
las arboledas de los parques.
LEYENDA de la GOLONDRINA
TIJERETA: Sucedió hace muchísimos años. Tupá (Dios) había decidido que las
almas de los que morían y que debían llegar al cielo, lo hicieran volando
con unas alitas que Él enviaba a la tierra por medio de sus emisarios. Claro que para los
mortales esas alitas eran invisibles. Una vez que el alma llegaba al ibaga,
Tupá destinaba esa alma a un ave que
Él creaba con tal objeto, de acuerdo a las características que hubiera tenido
en vida la persona a quien pertenecía.
En un pueblito guaraní vivía Eíra con su madre. Ésta, que había
quedado imposibilitada, dependía para todo de su hija, que a su vez se dedicaba
a atenderla y cuidarla, ganándose la vida con su trabajo. Eíra era costurera, y
para tener a mano la yetapá que tantas veces necesitaba, la llevaba colgada a
la cintura, sobre su blanco delantal, por medio de un cordón oscuro. Muy
trabajadora y diligente, a Eíra nunca le faltaban vestidos para confeccionar,
de manera que era muy común verla con tela y tijera, cortando nuevos
trabajos. Se hubiera dicho que la tijera formaba parte de ella misma.
Por la mañana, al levantarse y luego de haberse vestido, lo
primero que hacía era atarla a su cintura teniéndola pronta para usarla en
cualquier momento. Viejecita y enferma como estaba, y a pesar de los cuidados
que le prodigara, la madre de la laboriosa Eíra murió una noche de invierno, cuando el frío
era muy intenso y el viento soplaba
con fuerza. Grande fue la pena de esta hija buena, dedicada siempre y
únicamente a su madre y a su trabajo.
Desde ese momento quedó sólo con su tarea, a la que se entregó
con más ahínco que nunca tratando de distraerse, porque su pena era muy intensa
y la desgracia sufrida la había abatido de tal forma que perdió el deseo de
vivir. La tijera así
suspendida acompañaba el ritmo de su paso y brillaba el reflejo de la luz,
cuando la costurera se movía de un lugar a otro. No mucho tiempo después de la
muerte de su madre, la dulce y sufrida costurera enfermó de tristeza y de
dolor, tan gravemente que no fue posible salvarla. Eíra había sido siempre
buena, excelente hija y laboriosa y diligente en sus tareas, por lo que Tupá
llevó su anga al cielo. Allí creó para albergarla un pájaro de plumaje negro, con la garganta,
el pecho y
el vientre blancos.
Omitió los matices alegres y brillantes considerando que su vida
había sido humilde, opaca y oscura, aunque llena de bondad y sacrificio. Cuando
Tupá hubo terminado su obra, Eíra se miró y miró a Tupá como intentando pedirle
algo. El Dios bueno, que conoció su intención, dijo para animarla: ¿Qué deseas,
Eíra? ¿Qué quieres pedirme? Conociendo la amplia bondad de Tupá, comenzó
humilde y avergonzada a pedir... ¡ella que jamás había pedido nada!Tupá... Dios
bueno que complaces a los que te aman y respetan... yo desearía... ¿Qué es lo
que quisieras, Eíra?
Tú sabes que durante toda mi vida sólo al trabajo me dediqué y
quisiera tener un recuerdo de lo que me ayudó a vivir...Dime, entonces... ¿qué
es lo que deseas? Yo desearía tener una tijerita que me recordara la que tanto
usé en mi vida en la tierra y que contribuyó a que sostuviera a mi
madre...Encontró Tupá muy de su agrado el pedido de la muchacha, por la intención
que lo inspiraba, y tomando las plumas laterales de la cola las estiró hasta
dar a la misma la apariencia de una yetapá, como lo deseara la costurera,
otorgándole, además, la propiedad de abrirla y cerrarla a su voluntad, tal como
hiciera durante tanto tiempo con la de metal con que cortara las telas. Por la
semejanza, precisamente, que tiene la cola de esta [[ave con la tijera, se
llama tijereta.




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