Se trata de híbridos que hoy ensaya la firma
Lilab SA en diversos puntos del sur; lograron completar el ciclo y alcanzar rindes
de hasta 10.000 kilos por hectárea. Hasta hace unos pocos años,
producir maíz en Siberia, Rusia, o en el norte de Europa no formaba parte de ningún planteo productivo.
El
frío extremo, las heladas y las ventanas de crecimiento demasiado cortas
dejaban al cultivo directamente afuera del mapa. Con el tiempo, ese límite
empezó a correrse. Y fue la genética la que
permitió hacerlo posible. A partir de ese desarrollo surgieron híbridos
capaces de adaptarse a condiciones extremas y de abrir zonas donde antes el
maíz no existía. Ese mismo recorrido, que se consolidó en
lugares como Rusia o Finlandia, hoy empieza a sumar un nuevo capítulo en la
Argentina. En la última campaña, esa genética
desembarcó en la Patagonia de la mano de Lilab SA, donde los primeros ensayos ya muestran resultados que empiezan a cambiar el escenario
productivo.
En
diálogo con LA NACION, Max Literas, uno de los fundadores de la firma, contó que ya realizaron 19 pruebas en distintos puntos, desde el norte de Neuquén hasta Tierra del Fuego, sobre unas 40 hectáreas, con un objetivo concreto: que el cultivo pueda
completarse y llegar a cosecha en una región donde hoy eso no suele ocurrir.
“Los
rendimientos están siendo muy buenos”, aseguró Literas, que detalló que en los lotes ya cosechados los rindes se
ubican entre 8000 y 10.000 kilos por hectárea, mientras la empresa avanza con la inscripción de los
materiales y prevé iniciar su comercialización en la próxima
campaña. Para producir usan en algunos lugares riego por
goteo y en otros por manto. Los cultivos necesitan 700 mm
durante el ciclo.
Para
entender cómo se llegó hasta acá hay que ir unos años atrás. El vínculo con la
semillera francesa Laboulet Semences, liderada por Patrice Laboulet, empezó a comienzos de los 2000. En ese momento trabajaban
juntos en la Argentina, pero el proyecto se frenó cuando se complicó la operatoria de
importaciones y exportaciones, algo central en el negocio de semillas. Lejos de
cortarse, el desarrollo siguió en Europa, pero con otro enfoque. “En este interín ellos
estuvieron desarrollando maíces para zonas extremas”, dijo Literas.
Ese
trabajo se hizo en Rusia, Finlandia y zonas cercanas al extremo norte del
hemisferio. “Son maíces que se hacen incluso a 400 kilómetros del círculo
polar”, explicó. Son ambientes donde antes directamente no
existía el cultivo.
De ahí salió una genética distinta. Según describió, son
materiales no modificados genéticamente, desarrollados a partir de selecciones
tipo flint, es decir, maíces de grano más duro,
mejor adaptados al frío y a ciclos más cortos. Una de las claves es que pueden
arrancar con temperaturas más bajas que un maíz convencional. “Tienen una temperatura
base de 6 grados”, señaló.
Con
ese desarrollo ya probado en el Hemisferio Norte, Literas destacó que vieron en la Patagonia una
oportunidad. El crecimiento de la ganadería, el avance
del riego y la necesidad de intensificar los sistemas productivos generaron un
contexto donde estos materiales podían tener sentido. “Se nos ocurrió probar, con la
hipótesis de que esto también tenía que andar muy bien acá”, dijo. Los ensayos apuntaron justamente a eso: validar
si el cultivo podía completar su ciclo en condiciones reales. En muchas zonas
del sur, el maíz se puede implantar, pero no llega a cosecha. “La principal
característica que fuimos a buscar era lograr que el cultivo se complete y
pueda cosecharse”, señaló.
Más
allá del desarrollo puntual, lo que empieza a cambiar es la forma de pensar el sistema
productivo en la Patagonia. En una región donde la ganadería es central, la
posibilidad de producir maíz —tanto para grano como para silaje— puede mejorar
la oferta de alimento y darle más estabilidad al sistema. El proceso recién
empieza, pero para Literas “va a ser algo muy
interesante”.



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