Desde los Valles Calchaquíes
hasta la Patagonia, la actividad vitivinícola gana terreno con propuestas
diferenciadas que combinan identidad territorial, innovación y desarrollo
regional.
Antes de la explosión de etiquetas premium, del auge del enoturismo y de
la consolidación de Argentina como productor de vinos de calidad a nivel
mundial, la vitivinicultura tenía una geografía bastante definida donde Mendoza
y San Juan concentraban casi toda la actividad.
En los últimos años, el mapa del vino argentino comenzó a expandirse:
«Estamos viendo un crecimiento y una extensión de la actividad vitivinícola en
distintas regiones del país, con bodegas más boutique, proyectos más pequeños y
una fuerte presencia de vinos de autor que se van sumando a toda la cadena
productiva», explica Daniel Romero, secretario de Prensa de FOEVA, «las zonas
que más se destacan son Cafayate, en Salta, algunos desarrollos emergentes en
Jujuy y diversas regiones del sur argentino», suma Romero.
Además de la producción tradicional de vinos, estas zonas comienzan a
desarrollar otros productos derivados de la uva que amplían el alcance
económico de la actividad: turismo, comercio y las industrias proveedoras
encuentran nuevas oportunidades a medida que aumenta la producción y se
desarrollan nuevos proyectos.
«Además de las bodegas, se
benefician el turismo, la gastronomía, el comercio y toda la cadena de insumos
que acompaña a la actividad, desde la producción de vidrio hasta el corcho, las
etiquetas y el papel», afirma Romero.
En las zonas de altura encontramos vinos con mucho cuerpo
y gran intensidad aromática, especialmente en los blancos. En cambio, en el sur
del país, las temperaturas más bajas permiten obtener vinos más suaves y con
menor graduación alcohólica.
«Esta diversidad no solo amplía
la oferta para los consumidores, sino que también abre nuevas oportunidades
comerciales tanto en el mercado interno como en el exterior, donde cada vez
existe mayor interés por etiquetas con identidad regional y producciones de
escala limitada, señala Romero».
«Algunos actores importantes de la industria están
comenzando a asentarse en estas nuevas zonas productivas, lo que demuestra el
potencial que tienen para seguir creciendo», destaca Romero.
La expansión de la actividad también tiene un fuerte
componente social. La vitivinicultura demanda mano de obra en múltiples etapas
del proceso productivo, desde las tareas agrícolas hasta los puestos más
especializados dentro de las bodegas. «La génesis de la vitivinicultura aporta
y sigue sosteniendo una enorme cantidad de actividades vinculadas al trabajo
rural, como la siembra, la poda, la atada y la cosecha. A su vez, las bodegas
incorporan cada vez más tecnología y generan empleos especializados», señala
Romero.
Esta capacidad de generar trabajo local contribuye además
al arraigo de las comunidades, especialmente en zonas alejadas de los grandes
centros urbanos.
«La inversión inicial es elevada y la rentabilidad llega
en el largo plazo. Por eso, uno de los principales desafíos del sector es
sostener esas inversiones durante el tiempo necesario para que los proyectos
alcancen su madurez productiva», concluye Romero.
Con nuevos terroirs ganando reconocimiento, inversiones
que comienzan a diversificarse y una creciente demanda por productos con
identidad propia, la vitivinicultura argentina continúa ampliando sus
fronteras. Un proceso que no solo enriquece la oferta de vinos del país, sino
que también fortalece el entramado productivo y el desarrollo de las economías
regionales.



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