De acuerdo con el “Informe sobre la situación mundial del alcohol y la salud y el
tratamiento de los trastornos relacionados con el consumo de sustancias” de
2024 de la Organización Mundial de la Salud, el consumo de alcohol fue
responsable de aproximadamente 2,6 millones de muertes en todo el mundo en
2019, lo que representa el 4,7% de todas las muertes. Los principales
contribuyentes a estas muertes fueron las enfermedades digestivas, las lesiones
no intencionales, las enfermedades cardiovasculares y las neoplasias malignas.
El alcohol también contribuyó significativamente a la pérdida de años de vida
ajustados por discapacidad, con un impacto sustancial en las lesiones por
accidentes de tránsito y otras afecciones de salud.
El mismo informe
indica que en 2019 hubo aproximadamente 26.082 muertes atribuidas al consumo de
cocaína en el planeta. Las causas de estas muertes incluyen trastornos por el
consumo, VIH, hepatitis B, hepatitis C, accidentes de tránsito y suicidios.
La comparación plana desde luego tiene que ser considerada bajo el
hecho de que el alcohol es una sustancia legal para mayores de edad en la vasta
mayoría del mundo cuyo consumo es aceptado culturalmente y es ampliamente mayor
que el de la cocaína y las drogas ilícitas.
Según
la Organización Mundial de la Salud, unas 400 millones de personas, o el 7%
de la población mundial de 15 años o más, padecían en 2019 trastornos
relacionados con el consumo de alcohol. De ellos, 209 millones de personas (el
3,7% de la población adulta mundial) padecían dependencia del alcohol.
En contraste, en 2020 hubo un estimado de 21,5
millones de consumidores de cocaína en 2020, según cifras de la Oficina de Naciones
Unidas contra la Droga y el Delito recogidas en
el “Informe global de la cocaína de 2023”.
La cocaína es la cuarta droga más consumida en el mundo,
según la ONU, y es ilegal en la mayoría de los países. Sin embargo, algunos
gobiernos han despenalizado la posesión de la droga en pequeñas cantidades.
Su consumo puede
acarrear graves complicaciones médicas, como el trastorno por consumo de
cocaína –consumo compulsivo de este estimulante adictivo– y la sobredosis,
según el Instituto Nacional sobre el Abuso de Drogas de Estados Unidos, que
también señala muchas complicaciones a
corto plazo, como problemas cardíacos, convulsiones, accidentes
cerebrovasculares y coma, así como problemas a largo plazo como paranoia y
alucinaciones.
Mientras tanto, los
Institutos Nacionales de Salud de EE.UU. advierten que el consumo de alcohol
puede generar lesiones, violencia, intoxicación etílica y sobredosis, con
efectos secundarios de un consumo excesivo como enfermedades hepáticas y
cáncer. Además, la OMS afirma que no existe ningún nivel de consumo de
alcohol que sea seguro para la salud.
Colombia
es el primer productor y exportador mundial de cocaína, principalmente a
Estados Unidos y Europa, y el Gobierno lleva décadas luchando contra el
narcotráfico.
Petro, el primer presidente de izquierda en la
época moderna en Colombia, prometió hacer frente al narcotráfico y regular el
consumo de sustancias ilegales. La intención, dice Petro, es desmantelar el
negocio del narcotráfico y con ello la violencia y el crimen que lo rodea (en julio de 2024
dijo: “Si la cocaína fuera legal, mañana se acaba la guerra en Colombia”);
además, aseguró esta semana que la plata de ese negocio legal “se usaría para
que los niños, como es hoy, no se pongan a tomar vinos, alcohol o fumar plata”.
Sin embargo, desde que llegó al poder, la producción de cocaína en Colombia se
ha disparado.
El cultivo de hoja de coca en Colombia aumentó
un 10% en 2023 respecto al año anterior en términos de superficie sembrada,
mientras que la producción potencial de cocaína alcanzó la cifra récord de más
de 2.600 toneladas métricas, lo que supone un incremento del 53%, según informó
en octubre la Oficina de las Naciones Unidas contra la Droga y el Delito.
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