SOCIEDAD Y CULTURA

Revista El Magazín de Merlo, Buenos Aires, Argentina.



miércoles, 27 de agosto de 2025

Las ELITS FABRICAN CRISIS para manipular la población. “El saber nos hará libres”

 

“Las clases dominantes siempre han buscado inculcar en sus subordinados la capacidad de sentir la explotación y la pobreza como culpa, mientras se engañan a sí mismas creyendo que sus intereses materiales coinciden con los intereses de la humanidad en su conjunto”.
Christopher Lasch en “La cultura del narcisismo”, 1991.



Trump, Bolsonaro o el dispositivo histriónico que conocemos localmente son sólo síntomas -drásticamente diferentes en su calidad- de la crisis generada por los proyectos políticos inestables y cortoplacistas de las elites durante las últimas cuatro o cinco décadas. Esto incluye las elites políticas pero sobre todo a las económicas, sus disputas internas, que son las que diseñaron la cancha inclinada, firmaron los contratos internacionales, pusieron las reglas, las suspenden y las cambian a piacere, venden las planchas de césped y sistema de riego a los clubes, manejan los grupos de choques de barras y controlan a los árbitros. Incluso equipos técnicos y jugadores talentosos, disciplinados y con vocación de jogo bonito tendrán una tarea titánica para evitar irse/mandarnos a un descenso infernal en las próximas décadas, años o meses.



La crítica a la casta política la lleva adelante un miembro de la casta financiera en una fuerza política con claras conexiones con el sistema político, empresarial, las fuerzas militares, la propia Corte Suprema y mesas de dinero anarco-fantasiosas, todas conexiones y contactos que no se niegan sino que se resignifican. En esos ámbitos de casta financiera el Estado es un actor clave. En ellos se vive traficando información económica privilegiada desde espacios estatales (Banco Central, Bolsa de Valores, etc) con mucho conflicto de interés y cuestiones éticas (risas) que no se discutirán nunca. Es un sector satelital históricamente activo de la elite financiera que critica a la elite política, partidaria y empresarial transversal a través de medios de comunicación que son sobre todo de la elite económica (con claros lazos y pasados partidarios). Proyectan así una narrativa intensa sobre un malestar social real que los diferentes partidos políticos produjeron y no quisieron ver porque viven encerrados en cámaras de eco y escuchando a sus propios escribas en sus burbujas endogámicas.



En un modelo económico cada vez más especulativo –con problemas estructurales cada vez más graves, con falta de dólares, una moneda en colapso y una inflación potenciada–las elites especulativas se vuelven incluso atractivas para las elites empresarias e industriales, productivas en general, hasta que las burbujas exploten y el ciclo vuelve a cero con mayorías perdedoras y minorías victoriosas. La alianza circunstancial de una elite porteña clasista, con tintes eugenésicos malthusianos y profundamente antipopular con sectores federales empobrecidos, enojados y jóvenes habla de la insensibilidad y abandono de la clase política hacia sus propias bases sociales. Aparece un plebeyismo autoflagelante que el progresismo académico estaba estudiando desde lejos, con sus claros sesgos y clasismos, proyectando preferencias identitarias y republicanas de moda, sin escucharlo detenidamente ni querer conocer su realidad cotidiana.



Estos dispositivos terminan perjudicando a las mayorías que los votan y benefician a las elites que de forma intensa pero guionada critican. Son dispositivos que demuestran la sobreproducción de elites, la disputa entre viejas elites desconectadas y nuevas elites cínicas y letales pero en diálogo con el malestar social. La crítica es tan falsa como efectiva porque es un catalizador artificial de emociones reales y de beneficios concretos para esas elites histriónicamente criticadas. La crítica es tan performativa como un adulto infantilizado en tiktok en busca de audiencia y estatus social mientras sus derechos desaparecen. Sin embargo, la diferencia es que mientras Bolsonaro o Boris Johnson hacían sus declaraciones extremas enriquecieron a ciertos sectores concentrados; la performatividad cultural en la que vivimos hace 15 años nos empobreció y estupidizó estructuralmente.

La elites canalizan la crisis de sus proyectos políticos insostenibles beneficiándose. Otro hermoso ejemplo de la resiliencia tan promocionada. Aprender de las derrotas externalizando su costo en las sociedades a las que se llena de pobreza, ansiedad, angustia, crueldad social y guerras culturales de distracción, en última instancia, embrutecimiento en loop. El empobrecimiento generará nuevas riquezas para las elites -también infantilizadas- que en el fondo siguen sin imaginación y con sus impulsos suicidas cada vez más vocales, exteriorizados, pidiendo a gritos un límite exterior, un freno adulto.

Siempre las elites sádicas e infantilizadas que no tienen freno se vuelven autodestructivas. Por eso mismo otras elites históricas, más comprometidas con su propia supervivencia y la de su entorno, pensaron en instituciones políticas para establecer frenos y contrapesos internos que se desnaturalizan cuando se vuelven obsecuentes.

Evitar que la democracia autocelebre sus 40 años negándose.

Debemos actuar para frenar el hedonismo depresivo, el placer narcisista que nutre el desánimo colectivo. Para recobrar la acción política debemos dejar de desear sin límite. El discurso es deseo, actuar es reparar. El sistema político se miente a sí mismo todo el tiempo, simplemente fantasea. El sistema político fantasea en sus construcciones narrativas, mediáticas y gobernar hoy más que nada es salir de los círculos que proveen las mentiras que se repiten frente al abismo. Las campañas de miedo que se incentivan son propias de un Estado de negación, no su solución. La clase política vive en fantasías políticas como las elites viven en tecnofantasías de la inteligencia artificial o el consumo/desarrollo infinito en un mundo finito. Renunciar a esas fantasías es precondición para actuar maduramente.

El modelo de aquellos que vieron a la política como un negocio endogámico está mostrando sus límites y sus resultados. El futuro de la democracia depende de tomar a la política como un taller social, como una ferretería existencial para reparar la fractura en sus bases y pilares fundamentales, en lo humano y en lo espiritual, lo económico y lo político, lo cultural y lo institucional. Defender la democracia es levantar la dignidad de una comunidad deprimida y sin proyecto, es imaginar con ella un nuevo régimen de felicidad social posible -inclusivo como los festejos de Diciembre pasado-, es no caer en la traición del pueblo hacia el pueblo a la que parece llevar la desesperación y descomposición inoculada. Es evitar que la democracia se celebre negándose y ponerse manos a la obra para reparar todo lo que necesite paciente y disciplinado cuidado y reparación.

Fuente: Perfil, com *Lucas Arrimada da clases de Derecho Constitucional y Estudios Críticos del Derecho.

 

 

 

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