“Las clases dominantes siempre
han buscado inculcar en sus subordinados la capacidad de sentir la explotación
y la pobreza como culpa, mientras se engañan a sí mismas creyendo que sus
intereses materiales coinciden con los intereses de la humanidad en su
conjunto”.
Christopher Lasch en “La cultura del
narcisismo”, 1991.
Trump, Bolsonaro o el dispositivo
histriónico que conocemos localmente son sólo síntomas -drásticamente
diferentes en su calidad- de la crisis
generada por los proyectos políticos inestables y
cortoplacistas de las elites durante las últimas cuatro o cinco décadas. Esto
incluye las elites políticas pero sobre todo a las económicas, sus disputas
internas, que son las que diseñaron la cancha inclinada, firmaron los contratos
internacionales, pusieron las reglas, las suspenden y las cambian a piacere,
venden las planchas de césped y sistema de riego a los clubes, manejan los
grupos de choques de barras y controlan a los árbitros. Incluso equipos técnicos
y jugadores talentosos, disciplinados y con vocación de jogo bonito tendrán una tarea
titánica para evitar irse/mandarnos a un descenso infernal en las próximas
décadas, años o meses.
La crítica a
la casta política la lleva adelante un miembro de la casta financiera en una
fuerza política con claras conexiones con el sistema político, empresarial, las
fuerzas militares, la propia Corte Suprema y mesas de dinero
anarco-fantasiosas, todas conexiones y contactos que no se niegan sino que se
resignifican. En esos ámbitos de casta
financiera el Estado es un actor clave. En ellos se vive traficando información
económica privilegiada desde espacios estatales (Banco Central, Bolsa de
Valores, etc) con mucho conflicto de interés y cuestiones éticas (risas) que no
se discutirán nunca. Es un sector satelital históricamente activo de la elite
financiera que critica a la elite política, partidaria y empresarial
transversal a través de medios de comunicación que son sobre todo de la elite
económica (con claros lazos y pasados partidarios). Proyectan así una narrativa
intensa sobre un malestar social real que los diferentes partidos políticos
produjeron y no quisieron ver porque viven encerrados en cámaras de eco y
escuchando a sus propios escribas en sus burbujas endogámicas.
En un modelo económico cada vez más
especulativo –con problemas estructurales cada vez más graves, con falta de
dólares, una moneda en colapso y una inflación potenciada–las elites
especulativas se vuelven incluso atractivas para las elites empresarias e
industriales, productivas en general, hasta que las burbujas exploten y el ciclo
vuelve a cero con mayorías perdedoras y minorías victoriosas. La alianza circunstancial de
una elite porteña clasista, con tintes eugenésicos malthusianos y profundamente
antipopular con sectores federales empobrecidos, enojados y jóvenes habla de la
insensibilidad y abandono de la clase política hacia sus propias bases sociales. Aparece un plebeyismo autoflagelante que el progresismo
académico estaba estudiando desde lejos, con sus claros sesgos y clasismos,
proyectando preferencias identitarias y republicanas de moda, sin escucharlo
detenidamente ni querer conocer su realidad cotidiana.
Estos dispositivos terminan
perjudicando a las mayorías que los votan y benefician a las elites que de
forma intensa pero guionada critican. Son dispositivos que
demuestran la sobreproducción de elites, la disputa entre viejas elites
desconectadas y nuevas elites cínicas y letales pero en diálogo con el malestar
social. La crítica es tan falsa como efectiva porque es un catalizador
artificial de emociones reales y de beneficios concretos para esas elites
histriónicamente criticadas. La crítica es tan performativa como un adulto
infantilizado en tiktok en busca de audiencia y estatus social mientras sus
derechos desaparecen. Sin embargo, la diferencia es que mientras Bolsonaro o
Boris Johnson hacían sus declaraciones extremas enriquecieron a ciertos
sectores concentrados; la performatividad cultural en la que vivimos hace 15
años nos empobreció y estupidizó estructuralmente.
La elites canalizan la crisis
de sus proyectos políticos insostenibles beneficiándose. Otro
hermoso ejemplo de la resiliencia tan promocionada. Aprender de las derrotas
externalizando su costo en las sociedades a las que se llena de pobreza,
ansiedad, angustia, crueldad social y guerras culturales de distracción, en
última instancia, embrutecimiento en loop. El empobrecimiento generará nuevas
riquezas para las elites -también infantilizadas- que en el fondo siguen sin
imaginación y con sus impulsos suicidas cada vez más vocales, exteriorizados,
pidiendo a gritos un límite exterior, un freno adulto.
Siempre las
elites sádicas e infantilizadas que no tienen freno se vuelven
autodestructivas. Por eso mismo otras elites históricas, más comprometidas con
su propia supervivencia y la de su entorno, pensaron en instituciones políticas
para establecer frenos y contrapesos internos que se desnaturalizan cuando se
vuelven obsecuentes.
Evitar que la democracia autocelebre sus 40 años
negándose.
Debemos
actuar para frenar el hedonismo depresivo, el placer narcisista que nutre el
desánimo colectivo. Para recobrar la acción política debemos dejar de desear
sin límite. El discurso es deseo, actuar es reparar. El sistema político se
miente a sí mismo todo el tiempo, simplemente fantasea. El sistema político
fantasea en sus construcciones narrativas, mediáticas y gobernar hoy más que
nada es salir de los círculos que proveen las mentiras que se repiten frente al
abismo. Las campañas de miedo que se incentivan son propias de un Estado de
negación, no su solución. La clase política vive en fantasías políticas como
las elites viven en tecnofantasías de la inteligencia artificial o el
consumo/desarrollo infinito en un mundo finito. Renunciar a esas fantasías es
precondición para actuar maduramente.
El modelo de aquellos que vieron a
la política como un negocio endogámico está mostrando sus límites y sus
resultados. El futuro de la democracia depende de tomar a la política como un
taller social, como una ferretería existencial para reparar la fractura en sus
bases y pilares fundamentales, en lo humano y en lo espiritual, lo económico y
lo político, lo cultural y lo institucional. Defender la democracia es levantar
la dignidad de una comunidad deprimida y sin proyecto, es imaginar con ella un
nuevo régimen de felicidad social posible -inclusivo como los festejos de
Diciembre pasado-, es no caer en la traición del pueblo hacia el pueblo a la
que parece llevar la desesperación y descomposición inoculada. Es evitar que la
democracia se celebre negándose y ponerse manos a la obra para reparar todo lo
que necesite paciente y disciplinado cuidado y reparación.
Fuente:
Perfil, com *Lucas Arrimada da clases de Derecho Constitucional y Estudios
Críticos del Derecho.
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