** El lema de algunos alumnos frente el profesor parece ser: «
¡Enséñame si puedes!».
Frente a esto, un país que quiera tener ciudadanos inteligentes
deberá cuidar de sus instituciones intelectuales y en primer lugar de su
escuela.
El filósofo francés Adam realizó hace varias décadas un estudio
sobre «la estupidez» en el que enumera algunas características del sujeto — el
estúpido— que se caracteriza por ostentar dicha «virtud»:
No se interesa por el conocimiento.
No acepta el esfuerzo.
No toma en cuenta la realidad.
Sus limitaciones no le molestan sino que es feliz en su estado.
En lo epistemológico, el estúpido da importancia a lo que no la
tiene, a lo fútil, lo evanescente.
Ensayo
sobre el ser inteligente que muestra una disponibilidad hacia lo real, el uso
de la razón y de la moral es lo que posibilita un verdadero encuentro entre las
mentes.
Hoy en día
hablamos de manera continua en términos de educación, de progreso científico y
de mejoras de distinta naturaleza, pero ¿realmente existe dicho progreso? Con
la ayuda de pensadores españoles y francófonos, este texto propone una
reflexión sobre el concepto de la estupidez y la influencia del fenómeno en
diferentes campos.
Para comenzar, acudo al pensador francés Jean-Michel Couvreur
que introduce una primera distinción a tener en cuenta cuando propone hablar de
«ininteligencia» a propósito del niño pequeño que todavía no ha madurado lo
suficiente como para lograr poseer inteligencia. De igual forma, se debe
también distinguir la estupidez de la simple ignorancia cuando ésta radica en
la mera falta de información sobre alguna cuestión que una persona tampoco
pretende o debe conocer.
La
verdadera estupidez se caracteriza por la ausencia de un conocimiento que se
debería poseer o, aún más, que se pretende conocer y, además, no existe en el
sujeto una preocupación por cubrir esta carencia. Para Couvreur, en definitiva,
la estupidez consiste en una inmovilidad intelectual que corresponde a un
suicidio intelectual.
En opinión de Jacques Barzun, historiador de la cultura y decano
en la Universidad de Columbia, la inteligencia es individual pero el intelecto
es colectivo porque necesita una tradición, una educación, una red de bibliotecas
y revistas y unas instituciones como las universidades. Barzun ha observado la
presencia de un profundo «antiintelectualismo» en los países occidentales
durante el siglo XX.
Cree que lo que atrae a las masas es el arte y
no la ciencia. La idea de que tiene poca importancia el sentido de una obra o
de una expresión se ha extendido cada vez a más áreas. Los jóvenes no reciben
una educación intelectual adecuada porque no se les obliga a trabajar sobre
materiales intelectuales. Incluso entre los que se consideran intelectuales
reina la confusión. Piensan en sí mismos como intelectuales pero quieren vivir
como artistas, dice Barzun.
El historiador francés afincado en Nueva York afirma que los
jóvenes están más influidos por los medios de comunicación que por la escuela y
que, como todo lo que ocurre en los medios se debe poder entender enseguida, no
dan ninguna importancia a la irrelevancia propia de la mayoría de los
contenidos difundidos. Los jóvenes no descubren el valor de los conocimientos
y, de esta manera, la educación llamada democrática lleva a una actitud
escéptica, negativa, reacia al esfuerzo. El lema de algunos alumnos frente el
profesor parece ser: « ¡Enséñame si puedes!».
Frente a esto, un país que quiera tener ciudadanos inteligentes
deberá cuidar de sus instituciones intelectuales y en primer lugar de su
escuela.
El filósofo francés Adam realizó hace varias décadas un estudio
sobre «la estupidez» en el que enumera algunas características del sujeto — el
estúpido— que se caracteriza por ostentar dicha «virtud»:
No se interesa por el conocimiento.
No acepta el esfuerzo.
No toma en cuenta la realidad.
Sus limitaciones no le molestan sino que es feliz en su estado.
En lo epistemológico, el estúpido da importancia a lo que no la
tiene, a lo fútil, lo evanescente. Explica fenómenos banales que no necesitan
explicación. No aprende cosas nuevas sino que se repite. En una discusión, no
se apoya en argumentos. Le gusta lo superficial y no echa de menos otras
dimensiones del pensamiento.
En
lo social, el estúpido usa las palabras sin poner atención en su sentido. Se
niega a prestar atención a las razones expuestas por los otros. No toma en
cuenta la realidad. Convierte en víctimas a las personas sensatas, expuestas a
su torrente de palabras. Adam no duda en calificar la estupidez como una.
Fuente: Inger Enkvist, Hispanista y pedagoga. Catedrática en la
Universidad de Lund, Suecia
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