El carnaval es, en todo el mundo, una de las expresiones populares más
antiguas de la humanidad. La Enciclopedia Britannica identifica dos posibles orígenes: las
fiestas dedicadas al dios Saturno en el Imperio romano pagano y una celebración
primitiva que “honraba el comienzo del nuevo año y el renacimiento de la
naturaleza”. Cualquiera sea la verdad, algo de esas dos celebraciones llega
hasta el día de hoy a Argentina, uno de los países que honra el festejo con
días feriados y eventos callejeros.
¿Cuál es la historia del carnaval en Argentina?
El carnaval
fue introducido en Argentina por lo españoles. Sin embargo, María Luz Endere, arqueóloga,
abogada e investigadora del Consejo Nacional de Investigaciones Científicas y
Técnicas, afirma que en América Latina y el Caribe, aunque el
carnaval se expandió con la tradición católica como un período de festejos y
diversión, también incorporó elementos de las culturas andinas prehispánicas y
afroamericanas.
Al
principio, la celebración estaba vinculada a los días previos a “limpiar la
carne”, lo que más tarde derivó en la prohibición religiosa de consumirla
durante los 40 días que dura la cuaresma.
De acuerdo con una
publicación del Ministerio de Cultura, la celebración tuvo distintas
expresiones en diferentes periodos. Así, en tiempos en los que Argentina era
una colonia española, tanto los sectores populares como los pudientes tenían
sus celebraciones, aunque cada clase social lo hacía en un lugar distinto de lo
que por entonces era Buenos Aires.
Con
todo, la fiesta popular fue tomando el espacio público con desenfreno y
bullicio, en lo que las clases altas consideraban “costumbres bárbaras”. “Los
bailes y los juegos con agua inundaron las calles. Desde los balcones llovían
fuentones, huevos ahuecados rellenos con agua, baldes de agua de lavanda para
mojar a los amigos y de agua con sal para los enemigos”, relata el Ministerio
de Cultura.
Mercedes
Mariano, antropóloga e investigadora del Consejo Nacional de
Investigaciones Científicas y Técnicas en el Instituto de Investigaciones
Arqueológicas y Paleontológicas del Cuaternario Pampeano, considera que, a lo
largo de la historia argentina, los carnavales fueron una forma de resistencia:
“Desde épocas coloniales los festejos incluían imitaciones y burlas, usualmente
a las autoridades, constituyéndose en rituales de resistencia para contradecir
el orden establecido. Consistían en un breve período de libertad, un
paréntesis, en medio de las opresiones que caracterizaban su cotidianeidad”, explica.
Entre
finales del siglo XVIII y la primera parte del XIX, los Gobiernos de turno se
hicieron eco de los reclamos de los sectores más pudientes, por los que los
festejos fueron limitados a lugares cerrados y el toque de tambor —sello
identitario de la importante población africana— se castigó con azotes y con
hasta un mes de cárcel. Finalmente, y hasta el año 1954, el carnaval fue
censurado, castigado y prohibido.
Fue
Domingo Faustino Sarmiento el encargado de recuperar los festejos a finales del
siglo XIX. Según el Ministerio de Cultura, lo hizo tras un viaje por el mundo
en el que, durante una parada por Italia, quedó encantado por la idea del
anonimato tras las clásicas máscaras venecianas.
En
1869, Sarmiento promovió el primer corso oficial, un evento cuyas mayores
atracciones eran las murgas y las comparsas compuestas principalmente por
afrodescendientes. “La elaboración de disfraces y máscaras que intentaban
igualar, sin distinción, a todos los participantes”, era otro de los atractivos
del evento, de acuerdo con el Ministerio de Cultura.
Mientras
que, para los afroamericanos, el carnaval era un ámbito más donde compartir su
música, para los blancos, en cambio, era un espacio acotado para la liberación
de las normas opresivas, donde se permitía “la alegría, la burla y el
desenfreno”.
En
el siglo XX, el carnaval se vio modificado por la influencia de los inmigrantes
italianos y españoles: “Se produjo el pasaje de las comparsas de candombe a las
murgas, que comenzaron a bailar y tocar en los corsos”.
Eso
se vio interrumpido por la dictadura cívico-militar que comenzó en Argentina en
el año 1976, que eliminó esas fechas del calendario oficial y prohibió las
celebraciones callejeras, hasta el regreso de la democracia, en 1983.
“A
pesar de que solo habían sobrevivido una decena de murgas, el fenómeno carnavalesco
continuó con mucha fuerza en los barrios y volvió a ganar el espacio público”,
recopila el Ministerio de Cultura.






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