EL
GRAN MERCADO de ESCLAVOS de BUENOS AIRES: En el origen mismo de la colonización
del Río de la Plata está presente la esclavitud como un suculento negocio. En
la capitulación firmada con la corona por el primer adelantado, don Pedro de
Mendoza, se le autorizaba a introducir 200 esclavos negros, “adquiridos” en
España, Portugal, Guinea y las islas de Cabo Verde, con la condición de no
venderlos en otros territorios.
Sin embargo, haciendo números, don Pedro calculó que le resultaba más beneficioso convertirlos en “caja” para financiar la expedición, y antes de partir de San Lúcar de Barrameda consiguió un cambio en el contrato con el rey Carlos V, para venderlos en el lugar que fuera más conveniente, cosa que hizo. El “adelantado” se quedó con algunos esclavos para su séquito y trajo a los primeros africanos a las costas del Plata.
Para
los miles y miles de inmigrantes involuntarios que fueron llegando por la
fuerza a Buenos Aires, el río que los recibía era más que de la plata, de las
penas.
Para
conocer con cierta aproximación la cantidad de personas que fueron arrancadas
de su tierra natal en África para ser vendidas como esclavos en América, una
primera dificultad es, precisamente, el concepto que se esconde tras la
denominación “pieza de Indias”, utilizada hasta fines del siglo XVII para
“contabilizar” el tráfico negrero, otorgar los permisos para esta trata
inhumana y cobrarle impuestos. Una “pieza” no era sinónimo de un esclavo, sino
una “unidad de medida” que tomaba en cuenta la capacidad de trabajo de un
hombre joven, sano y fuerte.
González
Arzac ofrece una especie de vocabulario de la esclavitud, como mercadería eran
identificados así:
**cabeza
de negro. Cabeza de esclavo: cualquier persona sometida a la trata, sea cual
fuere su edad, sexo o condición.
**pieza de indias: hombre o mujer de quince a veinticinco o
treinta años, sin vicios y con todos los dientes.
**cuarto, medio, cuatro quintos de pieza: cuando no llenaban
aquellas condiciones.
**tres piezas de
indias: eran una tonelada de negros.
**bozal: negro recién introducido del África.
**ladino: negro que había sido esclavo en América, por lo menos
un año.
**muleque: negro bozal de siete a diez años.
**mulecón: negro bozal de diez a quince o dieciocho años.”
Una
persona que reuniera las condiciones de “una pieza de Indias”, hacia 1620 podía
rematarse en Buenos Aires en unos 130 pesos, para ser revendida en Chile, el
Alto Perú o en Lima a precios en torno a los 500 pesos o más, si es que
sobrevivía a las durísimas condiciones de “traslado”. Pero los enfermos,
heridos, mujeres, ancianos y niños rara vez eran considerados, individualmente,
una “pieza”. Para completar esta “unidad”, entonces, los negreros reunían a un
adulto sano, aunque no robusto, con un anciano, o varios chicos, o dos mujeres,
y así sucesivamente en una casi infinita variedad de posibilidades que hacían
que una “pieza”, en realidad, significase dos, tres, cuatro e incluso más seres
humanos.
No
menos de diecisiete millones de personas (hay quienes elevan el cálculo a tres
veces esa cifra) fueron desembarcadas en esas condiciones en puertos
de América entre el siglo XVI y comienzos del XIX. Pero hay que tener en cuenta
que solo una proporción de los hombres, mujeres y niños capturados en África
sobrevivían a las terribles condiciones en que eran amontonados y encadenados
en las bodegas de los barcos negreros.
En la
zona de Retiro había un tablado donde se realizaban las ventas, es decir, el
mercado de esclavos de Buenos Aires. Por razones de “seguridad e higiene”, en
1787 el Cabildo ordenó trasladar el asiento a las orillas del Riachuelo y, doce
años después se produjo otra mudanza a la zona de Quilmes y, finalmente, sobre
el final del virreinato, una nueva orden estableció que los barcos negreros
debían hacer su cuarentena en la Ensenada de Barragán: la doble moral de las
autoridades y de “la parte más sana de la sociedad” recomendaba que el triste
espectáculo se alejase lo más posible de su vista, por más que era la fuente de
enriquecimiento de muchos de ellos.
Además de las empresas que tuvieron
el monopolio del asiento de esclavos, la trata de personas enriqueció a un
selecto grupo de familias que integraban la elite porteña a fines del coloniaje
y el inicio de la era independiente.
Estos grandes mercaderes del sudor,
la sangre y las lágrimas ajenas tienen algunos rasgos en común, además de las
fortunas que amasaron: todos eran españoles peninsulares y los diccionarios
biográficos suelen mostrarlos como “hombres muy devotos y caritativos”, que
tuvieron un papel destacado en la Hermandad de la Santa Caridad que
administraba los hospitales y la Casa de los Niños Expósitos.
Referencias:
* Alberto González Arzac, Abolición de
la esclavitud en el Río de la Plata, edición del autor, Buenos Aires, 1974.
*Liliana Crespi, “Utilización de mano de obra
esclava en áreas mineras y subsidiarias”, en Dina V. Picotti (comp.), El
negro en la Argentina. Presencia y negación, Editores de América Latina,
Buenos Aires, 2001, pág. 149 y ss.
*La cifra de diecisiete millones es la que aparece
en publicaciones y sitios oficiales de la Unesco.
*En González Arzac, op. cit.
*Emeric Essex Vidal, Pituresque
Illustrations of Buenos Ayres and Montevideo, Londres, 1820.





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