La LEYENDA: “Como tantas veces, los araucanos regresaban con la
intención de darle muerte a sus hombres, llevar cautiva a las
mujeres y niños, y robarles el ganado. Por prudencia más que por temor,
ágilmente (un grupo de pehuenches) se incorporaron y salieron en busca de un lugar seguro donde resguardarse.
El estremecedor sonido de los gritos y el retumbar de los cascos de las
cabalgaduras, presagiaban un trágico final. Cuando sus energías se habían
agotado y estaban prontos a rendirse, se produjo un gran silencio. El galope de
los caballos enemigos cesó y los gritos se apagaron.
Asombrados
y atemorizados, se guarecieron tras una gran roca, hasta que el alba disipó las
sombras de la noche. Cuán grande sería su sorpresa, al
salir de improvisado refugio y ver que el valle estaba desierto y sus captores
habían desaparecido. Animados regresaban a la toldería, cuando gritos y quejidos, que provenían de un lugar indeterminado,
llamaron su atención.
Tras andar un poco más, advirtieron que se originaban en un pozo
profundo y de gran tamaño, con el fondo cubierto de agua, que se había abierto bajo los pies de los jinetes, tragándolos.
Ngenechen, el dios protector había acudido en su auxilio, poniéndolos a salvo”.
Esa pugna entre los
relatos míticos y la verdad que es capaz de parir una actividad científica, al parecer, sigue en tensión
constante ante la contemplación de ese imponente cuadro natural que conforma el
Pozo de las Ánimas: el asombro sigue vigente.
El viento sopla. Y los aullidos vuelven a oírse-
El escenario parece traído de la trama de un libro de ciencia ficción de los años
1950: un confuso horizonte semidesierto, con sueltas champas de yuyos que
tachonan el suelo; una ruta hacia la montaña; la soledad y, de golpe, dos pozos gigantes como dos asteroides inversos
que se han incrustado en la arena, dejando que el agua repose para de ese modo
reflejar el cielo al que sigue reclamando. De pronto corre viento y algo más se
alza, ya no ante los ojos, sino ante los oídos: son aullidos de dolor, espeluznantes porque parecen venir de otro
tiempo.
Sí, todo resulta irreal y aunque a ese
paisaje se lo vea en directo, o por fotos o videos, sigue resultando difícil de
creer. En Los Molles, Malargüe, el Pozo de las Ánimas es una de las maravillas
geológicas más impactantes en una provincia como la nuestra, Mendoza, pródiga en formaciones de este calibre.
El lugar, de gran atracción para los
visitantes, se ubica a unos 58 kilómetros de la ciudad cabecera de Malargüe, en
el camino a una de sus estrellas turísticas, especilalmente en invierno: el
Valle de Las Leñas. De hecho, andando la Ruta Provincial 222,
hay que desviarse pocos metros tras llegar a unos 7 km al oeste de Los Molles y
cuando restan 12,5 km para Las Leñas.
Como explican los hacedores del
sitio web Los Molles, “esta formación geológica
corresponde al fenómeno kárstico denominado
‘dolina’ (o ‘torca’), originado por la transformación de los depósitos subterráneos de yeso que, por efecto de
las filtraciones y napas freáticas producen una disolución del mineral y se
forman enormes cavernas debajo de la superficie, los terrenos
se van hundiendo lentamente, originando un constante crecimiento de los
característicos conos”


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